Enseñanza • El sistema de Investigación en el Camino Budista

Dongyuling – Gerardo Abboud – Domingo 12 de Julio de 2015

Una de las maneras en que podríamos entender al budismo es considerando que tiene una sistemática muy parecida a la ciencia, además de por supuesto otras características tales como psicología, aspectos religiosos, espirituales, etcétera. Si hablamos del sistema, y también del propósito que tiene el budismo, en ese sentido se parece mucho a la ciencia, especialmente a la física y a otras ramas tales como la cosmología. El objetivo de la ciencia es conocer la naturaleza de las cosas, la naturaleza de la realidad, la naturaleza de uno mismo también, pero existen diferencias con el budismo en su manera de encarar ese conocimiento, aunque no hay tanta diferencia en la sistemática o metodología. Buda mismo dijo que para llegar a tener una confianza total de que las palabras que había dicho eran ciertas había que cuestionar todo mediante el razonamiento para tener de esa manera una convicción intelectual, o también verificarlas a nivel de experiencia a través de la práctica de contemplación.

El rigor del estudio, el rigor de la investigación, es muy parecido al de la ciencia, porque en ambos existe como base una actitud de escepticismo. La ciencia no acepta nada hasta no haberlo demostrado en forma empírica. En cierta manera esa es la forma en que siempre se desarrolló la ciencia, aunque después muchas veces se fue complicando porque esa forma empírica de cuestionar la naturaleza de la realidad a veces daba resultados distintos dependiendo del sistema de experimentación que se usaba. Pero de cualquier manera el budismo tiene un rigor científico que hace también a la seriedad, a la belleza que tiene, y eso es lo que rige. Quiere decir que empezamos por una teoría y después hay que demostrarla, y una vez demostrada entonces se la convalida como un hallazgo de la ciencia.

Por otro lado, como dice el Dalai Lama, están las religiones en las cuales el escepticismo no tiene cabida. En las religiones tradicionales lo que más se enfatiza es la fe, no se alienta el cuestionamiento, pero si se comienza a investigar mucho y se llega a ciertos postulados difíciles de explicar entonces se lo remite a una cuestión de misterio, y hay que creer porque es así. Es decir que la fe es realmente lo que más cuenta, es más fuerte que el escepticismo, es más, el escepticismo no entra mucho dentro de ese esquema.

Podríamos decir que el budismo está en el medio. Tiene aspectos de la ciencia ya que, como dije, en todo el proceso o lo que se llama el Dharma –el camino budista o las enseñanzas– lo que prevalece es siempre una actitud de investigación en la cual no se da por sentado lo que se recibió.

En el camino budista lo que hacemos es tratar de demostrar que lo que oímos es así a través de un proceso de investigación. Esa investigación puede ser a través del análisis discursivo y analítico que involucra a la mente conceptual –conceptos, ideas, razonamiento– o por un sistema contemplativo que sigue instrucciones, que son un resultado de esa filosofía, pero en un nivel práctico o empírico.

Como le tenemos muchísimo respeto al Buda, a las enseñanzas, también a nuestros maestros, quizás podamos tomarlo como que las cosas son o deberían ser así, porque en realidad en muchos casos el ejemplo de ellos es suficiente, para qué nos van a mentir. Pero si hacemos eso y somos un budista que ha recibido información de lo que significa la actitud budista del escepticismo, siempre habrá un rincón en el cual vamos a decir “yo no lo he demostrado, no tengo la experiencia directa, debe ser así pero estoy en el proceso de demostrarlo”.

No sirve demostrarlo solamente a nivel intelectual, aun cuando eso nos da mucha convicción. En ese caso vamos a descubrir que hay una cierta limitación –que son los conceptos, las ideas, las palabras– porque esa naturaleza de la realidad, según lo que descubrió Buda y fue corroborado por cientos de miles de practicantes, trasciende los conceptos y trasciende las palabras. Sirve de mucho pero no es la totalidad, lo que más sirve es una experiencia directa, es decir un encuentro directo con la naturaleza de la realidad, de nuestra conciencia, una relación directa con esa naturaleza que estamos tratando de descubrir. Se puede conocer y una vez que la conocemos, y la experimentamos a nivel contemplativo, vamos a encontrar una consonancia completa con lo que dijo Buda.

Hasta que eso suceda siempre nos va a servir tomar un respaldo, confiar y demás. Nos va a servir hasta un cierto punto, pero no podremos decir que hemos resuelto el gran dilema de nuestra existencia. No se lo resuelve simplemente por una convicción intelectual, porque a uno lo convencieron de que es así. Tenemos que corregir un sistema de percepción que tenemos muy enraizado en nuestra conciencia en un nivel muy sutil, y para eso no son suficientes los argumentos, las filosofías y demás. Es necesario cambiar toda la estructura cognitiva que tenemos para que ella misma se vaya desprendiendo de esa garra del concepto que la limita.

Cuando empezamos a analizar el aporte occidental con respecto al conocimiento de la realidad, y tomamos una ciencia como por ejemplo la física, vemos que en general los temas que siempre tratan incluyen aspectos como la energía, el espacio, el tiempo, la materia, pero dentro de ese estudio de la naturaleza de la realidad no incluyen el factor de la conciencia. Es decir que en la física siempre están lidiando con la naturaleza de lo que forma la materia, también el espacio, el magnetismo del universo, un montón de factores, pero en nuestra cultura occidental nunca se desarrolló un enfoque del estudio de esa naturaleza de la realidad que incluyera también a la conciencia, que es la que está haciendo ese estudio, como una parte integral de esa naturaleza. Eso obedece a que todo el estudio que se realiza se hace en base a conceptos, y siempre que usemos conceptos, pensamientos, ideas y palabras, lo hacemos en una estructura dualista en el cual no se cuestiona la dicotomía sujeto y objeto.

Nunca se cuestiona si el sujeto y el objeto podrían llegar a ser inseparables. Siempre hay un observador que estudia el objeto y estudia la naturaleza del objeto, ya sean los quarks, los átomos o lo que fuera, pero digamos que el componente de la ‘conciencia’ no forma parte de ese estudio. Se podría decir, sin embargo, que en cierta manera lo hace porque se sabe que desde hace muchas décadas el experimento para observar cierta partícula determina qué partícula vamos a percibir, lo que en cierta manera acercaría mucho a esa noción de inseparabilidad del sujeto, que sería la conciencia del científico y el objeto que está midiendo.

Pero así como desarrolló un enorme conocimiento del estudio de la materia, del tiempo, la teoría de la relatividad, el espacio, cómo se combinan y demás, la ciencia no parece haber incluido mucho el estudio de la conciencia, excepto en las disciplinas psicológicas que estudian la conciencia en sí misma como un aspecto, pero no como parte integral y también formadora de lo que estamos tratando de descubrir, que es la naturaleza de lo que es real.

En cambio en las disciplinas orientales, tipo el hinduismo y el budismo, y particularmente en el caso del budismo, la conciencia es una parte integral de todo esto que estamos tratando de estudiar. No solamente como el sujeto que está estudiando un objeto –que sería el mundo y el universo, la materia del universo y el tiempo, la energía, etc.– en el cual uno mismo sería la conciencia como observadora, que es lo que ocurre en la ciencia, sino que como sustancia que forma el universo también está la conciencia, que es un paso grande. En el enfoque de las disciplinas orientales no se hacen grandes diferencia entre energía, tiempo, espacio, materia y conciencia, y desde ya que en el budismo no se hace diferencia.

Si bien el budismo no está dirigido a todo el estudio de la naturaleza, en el sentido de observar las partículas ínfimas con aparatos gigantescos e instrumentos para determinar que una partícula es materia o no, en el entrenamiento de nuestra conciencia, y el estudio que hace la mente de sí misma y de su propia naturaleza, se van resolviendo también estos temas de en qué consiste la materia, en qué consiste el tiempo, en que consisten también la energía, el espacio, pero no como un objeto separado. Se empieza a ver que no hay grandes diferencias entre esa conciencia que está experimentado el universo y ese universo que hasta ese momento, antes de la investigación y antes de la vivencia misma de lo que significa, siempre se lo tomó como algo que está separado de nosotros.

El budismo utiliza un método para corregir nuestra conciencia, es decir corregir la manera en que nuestra conciencia conoce, porque no se acepta simplemente que la naturaleza de la realidad es lo que percibimos habitualmente con nuestros sentidos, o con la conciencia, o con la mente que lo reconoce.

La ciencia tampoco se queda en eso. Para la ciencia en general hay una realidad que es aparente y que todo el mundo acepta, pero también hay una realidad que no es aparente y que los científicos también aceptan, porque por ejemplo los quarks no son aparentes, los electrones no son aparentes. No los vemos, no los percibimos habitualmente. De modo que dentro de esa realidad que investigan hay una realidad que se da por sentada porque entra por los sentidos, pero se acepta que también hay un segundo nivel que hay descubrir a través de análisis y deducción.

El budismo no se preocupa tanto con respecto a ese tipo de naturaleza porque todo el foco está puesto en ver la naturaleza de nuestro ser, y en esa investigación nos damos cuenta de que nuestra conciencia esta distorsionada. Solamente percibe un nivel muy burdo de la realidad que ocurre a partir de lo que perciben los sentidos, y que por encima de eso están todas las designaciones conceptuales y verbales que le ponemos a lo que percibimos con los sentidos. Las cosas que nosotros percibimos son lo que son porque en realidad les ponemos un nombre, es decir que son un producto de la designación verbal y también conceptual que le ponemos al objeto.

En el budismo se dice que detrás de esa designación conceptual y verbal no hay un objeto independiente, no hay un objeto que realmente exista, sino que está totalmente ligado al que lo está percibiendo, y en eso es en lo que se basa todo el estudio de la naturaleza de la realidad. Entonces, si es así, para qué desarrollar tanto el enfoque en el estudio de lo que es aparentemente externo, sin darle una enorme importancia a aquel que lo está estudiando, es decir a la conciencia. Es por eso que el budismo se enfoca directamente en el estudio de la conciencia.

Siddhartha, o Buda, un príncipe preocupado por los aspectos más condicionantes de toda la existencia –de nosotros como seres humanos, también de los animales y otros tipos de existencia que nosotros no vemos– por las cosas más burdas de condicionamiento como el nacimiento, el envejecimiento, la enfermedad, la muerte, que no sabemos por qué ocurren– no utilizó la investigación para ver por qué se va deteriorando la molécula, por qué envejece y de pronto tiene que morir. Toda su investigación se dirigió mucho más a la raíz, a la raíz del que está experimentando esos condicionamientos, y entonces llegó a conocer que en realidad todo el problema es un problema que afecta a la conciencia de todos nosotros como seres humanos y otros seres: el problema de la reificación.

La reificación es un enorme problema que afecta a nuestra conciencia en un nivel muy primitivo, muy profundo, casi subconsciente, o inconsciente, y hace que necesitemos todo un sistema para corregirla. Reificación significa que todo lo que nosotros percibimos es algo que está ahí afuera, que en términos absolutos existe por su cuenta y no tiene mucho que ver con nuestra percepción excepto en el nivel de atracción o rechazo que nos provoca. Con la reificación, tanto al objeto percibido como uno mismo que es el que lo percibe, ambos son reales. Ese es nuestro problema, creer que en el nivel absoluto las cosas tienen una existencia intrínseca.

En el budismo no se niega que haya cosas que percibimos y experimentamos –el nivel de la realidad común en el cual nos desenvolvemos, el nivel de la interacción entre las cosas del mundo inanimado y también del mundo que tiene conciencia, como los humanos y otros seres. No se niega que tengan cierto tipo de existencia, pero la existencia que tienen es en un nivel convencional y no en un nivel absoluto, y eso cambia radicalmente el enfoque.

Todo nuestro problema es que tomamos lo que es un nivel convencional o relativo de existencia como si fuera absoluto. ¿Por qué absoluto? Porque les asignamos una realidad absoluta a las cosas que percibimos, y nunca nos preocupamos por investigar si en realidad son lo que nosotros percibimos. Todo el sistema budista está entonces destinado a cuestionar si nuestra percepción es la correcta o no, y desde ya que se empieza a decir que no tenemos por qué confiar tanto en nuestra creencia de que las cosas son así como las percibimos. Hay que dar lugar a que las cosas tienen otro nivel de existencia que difiere de la forma en nosotros las percibimos.

Eso es verdaderamente una buena noticia, porque quiere decir que en nosotros hay una capacidad para conocer algo más allá de esto que en realidad es bastante limitado y condicionante. Está lleno de conflictos, tanto externos como también internos, conflictos que obedecen específicamente a que no estamos viviendo de acuerdo con una experiencia genuina y personal de lo que realmente somos. Por el efecto de la reificación nuestra conciencia siempre está viviendo en base a una suposición, y una manera de experimentar la realidad, que no condice con la realidad tal cual es en el nivel absoluto. Entonces terminamos experimentando todo en un nivel convencional, pero con un conflicto porque no lo reconocemos como convencional, como eventos que están relacionados a causas y condiciones o conectados entre sí, es decir que son interdependientes. Creemos que son eventos que suceden independientemente de cualquier otra razón, y percibirlo de esa forma hace que estemos deambulando en este nivel de ignorancia causado por los condicionamientos.

Decir que estamos viviendo en base a una suposición es bastante incuestionable, porque realmente nadie puede decir, con una completa convicción por experiencia personal, que sabe qué es a nivel absoluto. En realidad no sabemos lo que somos, y sin embargo vivimos, funcionamos, tenemos opiniones, formas de ver el mundo, historias, tenemos emociones, tanto positivas como negativas. Hay algo que está existiendo aquí y en el budismo no se cuestiona eso; tenemos una existencia, no es que no existimos en absoluto, no es que es la nada, no es que es una posición totalmente nihilista, que niega completamente cualquier tipo de existencia. Tenemos una cierta existencia, pero basada en fundamentos erróneos. No está basada en el conocimiento de la verdad de nuestra naturaleza esencial, está basada en un malentendido sobre nuestra naturaleza esencial, y entonces naturalmente siempre existe un conflicto. Desde el punto de vista budista nuestra naturaleza es la naturaleza búdica, perfecta, incondicionada, poseyendo las cualidades sublimes como sabiduría y compasión ilimitadas. Como no lo vemos de esa manera vivimos de acuerdo con una creencia en nuestra existencia que se manifiesta como un “yo y otro”. Es una suposición porque no estamos seguros de eso. Eso naturalmente tiene que crear un conflicto, es como que tenemos aquí algo que nunca nos deja, que es nuestra naturaleza esencial, y siempre vivimos sobre otra base que ignora esa naturaleza esencial. No nos tiene que sorprender entonces que nuestra vida esté regida por estos condicionamientos que nos limitan: nacimiento, muerte, enfermedad, así como también nuestras emociones aflictivas. Estamos condicionados en gran medida por nuestras emociones. Podemos aceptar estar condicionados por emociones positivas, como el amor, la compasión, la empatía, la paciencia… esas son bastante buenas y benignas, hacen que la sociedad viva mejor, que seamos un ser humano mucho más genuino. Pero estamos muy condicionados por las emociones negativas, nos surgen, nos dominan, nos ponemos eufóricos y al minuto siguiente nos deprimimos, es decir que realmente nos hacen actuar, o decir ciertas cosas que luego lamentamos.

Ya hemos vivido muchos años y no podemos decir que somos libres de estas emociones aflictivas. A veces se nos pega alguna aflicción aflictiva, alguna situación que nos resulta muy difícil sacar de la mente, y lo único que nos produce es rencor, enojo o lo que fuera, pero de alguna manera nos volvemos a instalar en esa situación, la volvemos a recrear, y no somos libres. Quiere decir que la emoción nos condiciona. Sería realmente trágico no poder resolver nunca ese conflicto.

Pero el budismo dice que es un conflicto que proviene de un malentendido, que no es algo intrínseco. Si fuera intrínseco no habría forma de eliminarlo, porque eso es lo que seríamos. Según lo que encontró Buda, ese conflicto existe porque es simplemente un malentendido. No es un malentendido muy simple y eliminarlo tampoco es muy simple, pero no deja de ser un malentendido, algo que afecta a nuestra cognición; es decir es solo un problema cognitivo. Es como cuando no sabemos algo y de pronto lo descubrimos y conocemos la verdad, hasta ese momento creíamos que nuestra verdad era otra. ¿Qué pasó con el malentendido en el momento en que descubrimos la verdad correcta? Simplemente desapareció.

Toda la práctica contemplativa está enfocada en corregir ese malentendido que tenemos en la mente. La meditación es fundamental para llevar eso a cabo, porque no lo podemos corregir simplemente con el conocimiento intelectual, que también es muy valioso. En el budismo en ningún momento se descarta el conocimiento intelectual, pero estamos trabajando con nuestra conciencia, estamos tratando de corregir algo de lo que ni siquiera somos conscientes. La verdad es que apenas surge una situación de inmediato la percibimos como que es real y separada de nosotros mismos. No es que lo pensamos, que tenemos una oportunidad, un espacio en el cual decir si es real o no es real. No, es automático, pero no solamente para nosotros como seres humanos, para los animales también.

Nosotros, como seres humanos, diseñamos filosofías que justifican que el yo tiene existencia, o que no la tiene, etcétera, y toda la discusión de lo que significa convalidar un sistema filosófico u otro. Pero un animal no tiene ninguna filosofía, el animal ve un objeto como externo, punto, ya reificó. Por eso es un ser samsárico igual que nosotros, sujeto a un montón de factores igual que nosotros, a los condicionamientos, a las emociones aflictivas, al karma. ¿Por qué? Por el mero hecho de que también su conciencia ha reificado automáticamente.

No se trata de desarrollar únicamente las cualidades positivas y quedarnos en eso. Cuando desarrollamos cualidades positivas, cuando reaccionamos con amor, con compasión, con empatía, con altruismo, con paciencia, algunos dicen que estamos funcionando desde nuestro ser verdadero. Cuando reaccionamos con odio, con rencor, con apego, con celos, con orgullo, entonces dicen que ahí ya no estamos en el ser verdadero. Pero eso no es suficiente, si no hemos resuelto el problema de la reificación estamos en problemas en ambos casos. En el caso de los celos, del orgullo y demás, por supuesto estamos en más problemas, porque eso genera mal karma, les provocamos sufrimiento a los demás, nos provocamos sufrimiento a nosotros, y lo más grave es que nos alejamos más aún de nuestra naturaleza esencial en la cual no existe el odio, no existen los celos, no existe el orgullo. Esas emociones aflictivas, son cogniciones inválidas, no se sostienen. En cambio las positivas, tales como el amor o la compasión, son un reflejo de nuestras cualidades sublimes, esenciales, que hacen a nuestra naturaleza básica. Entonces, demás está decirlo, por supuesto que es mucho mejor reaccionar con amor, con compasión. Pero de ahí a decir que eso es nuestro ser verdadero, que estamos funcionando desde nuestro ser verdadero, no es completo, porque seguimos reificando. Seguimos viendo a la otra persona que nos causa reacciones como separada, la vemos como que es una persona real, que es concreta, que es intrínseca, y yo soy intrínseco, intrínsecamente compasivo, intrínsecamente buenazo, etcétera, y así vemos todo. No resolvemos este problema de la reificación y entonces no accedemos al nivel absoluto de la realidad.

La reificación es neutra. El hecho de que cuando veo esto y digo “flor” ya es una imputación, ya fue una designación conceptual. ¿Quién la puso? Yo, apenas la veo es “flor” y está allá afuera de mí, punto; sujeto acá, objeto allá. No hay más que eso. Esto es en cierta manera neutro, todavía no generé la calificación de que me gusta porque es blanca, aunque preferiría la orquídea. No le impuse ningún otro tipo de reacciones, simplemente puse esa designación conceptual, esa designación verbal y punto. Lo tomé como un objeto separado de mí, es neutro. Después viene que me gusta tal cosa, y que esta no me gusta porque me trae malos recuerdos, y esta sí me gusta pero me costó mucho, etc. Ahí empieza un segundo nivel de designaciones verbales, conceptuales. Pero toda la base es neutral, la base es la reificación, y esa es justamente la expresión de nuestra ignorancia fundamental que no toma partido, ni que está bien ni que está mal, ni que la compasión es buena y el rencor es malo. La ignorancia fundamental es ese malentendido del que estaba hablando, es simplemente un malentendido, y es el que se manifiesta operativamente como reificación en nuestra psiquis, en nuestra manera de relacionarnos.

Decir ignorancia es muy abstracto, pero nuestra mente reifica debido a la ignorancia, si corregimos esa ignorancia, deja de reificar; la corregimos partiendo de la práctica contemplativa y utilizando el instrumento de la meditación, lo que le da un espacio a nuestra conciencia, a nuestra cognición, para que vaya resolviendo la distorsión que tiene. Si en cada instante de esa conciencia hay dos caminos –en uno reifico y en el otro no reifico–esa distorsión la obliga forzosamente y de manera automática a tomar siempre el camino de reificar debido a los enormes hábitos que hemos desarrollado, no es por haberlo decidido.

¿Por qué tomamos siempre el camino de reificar? Lo que nosotros llamamos nuestra conciencia es una sucesión de instantes de conciencia. En cada instante de conciencia tenemos la posibilidad de ver las cosas como ilusorias, en vez de reales, porque vemos que carecen de una identidad o existencia intrínseca. Pero no lo hacemos. No lo hacemos en esta vida, no lo hemos hecho en otras vidas, porque de haberlo hecho no estaríamos en lo que estamos ahora. Eso se debe a los enormes hábitos, patrones habituales kármicos que hemos generado desde tiempos sin comienzo, que nos van condicionando. Pero también se debe a los generados en esta vida, es decir que desde que éramos chicos hemos fomentado esos patrones habituales, y entonces cuando surge un instante de conciencia va a proceder naturalmente como está habituada a hacerlo.

¿Se dan cuenta del trabajo que tenemos que hacer? Una de dos, o corregimos cada instante de conciencia, lo que sería laborioso, o encontramos el espacio entre dos instantes de conciencia distorsionados. Es decir encontrar ese espacio que existe entre un instante de conciencia distorsionado –que ya tiene el concepto que sería dualismo, reificación– y el siguiente, es decir encontrar ese espacio que existe entre esos dos instantes. En otras palabras: el espacio entre el pensamiento que cesó y el que está por surgir. Ese espacio es la sabiduría primordial que nunca fue distorsionada, es el estado natural de nuestro ser.

Con un sistema de meditación nuestra práctica va calmando el alboroto, la distracción y el ruido de nuestra mente, y hace que en la quietud y con la fuerza de la cognición la mente misma pueda identificar ese espacio entre dos pensamientos. Una vez que lo ha reconocido, ahí encontró el estado absoluto, el estado natural, la mente en su estado natural, la naturaleza búdica, el estado absoluto de la realidad. Se le da muchísimos nombres, mahamudra, dzogchen, prajñaparamita, pero todos apuntan a lo mismo, que es lo mismo que somos todos, nosotros, los animales, los budistas, los cristianos, musulmanes, ateos, no le pertenece a nadie, por eso es el estado absoluto de la realidad.

A eso apuntamos en el budismo. Cuando la cognición reconoce ese espacio, eso destruye automáticamente el malentendido, y así se rompió la fijación, la fijación de reificar todo. De ahí en adelante ya tenemos una base, no es que ya somos un buda, pero ya tenemos una base genuina desde la cual empezar a readecuar todos los patrones habituales que nos empujan al dualismo, al error, y a todo lo demás.

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